La transformación depende de nuestras relaciones, no de nuestros esfuerzos.
La transformación, al igual que la sombra, no se deja atrapar por quienes la persiguen. Cuanto más enérgica sea nuestra búsqueda, más esquiva resulta. La razón es que, en el reino, la transformación no es una meta, sino un resultado. Exige que abandonemos nuestros intentos por cambiar, para reorientar nuestro esfuerzo en construir una relación profunda e íntima con Aquel en cuyas manos está nuestra transformación. Para esto, no alcanza con sumarle un “poco de Jesús” a nuestras vidas. La invitación que nos hace es mucho más radical: estar con él, mientras caminamos por la vida, cultivando esa conexión con él todo el día, todos los días. En el marco de ese extraordinario vínculo se producirá en nosotros vida por contagio, ese misterioso proceso por el cual el corazón de Jesús comienza a ser, también, nuestro corazón. Sin ser conscientes de cómo sucede, la intimidad con Jesús nos convierte en fragante aroma de Cristo para Dios.

