Ser ministro de Dios es uno de los llamados más honorables que una persona puede recibir (¿no estamos todos llamados a su obra?). Para quienes asumen este hermoso desafío, la vida personal y familiar cambia por completo. Y el cambio es bueno, caminar sobre sus obras siempre es bueno, aun así, transitar el camino no deja de ser un desafío de fe. Necesitamos recordar que ser ministros de Dios no nos da el lugar que al Espíritu Santo le corresponde, así como no nos hace hombres y mujeres sin dolencias o debilidades. Al contrario, evidencia nuestras vulnerabilidades para que se manifieste el poder de Dios y su gracia. Asumir que ser un ministro del Señor no da lugar a ser débiles es una de las armas más letales de las tinieblas. Creer que no vamos a tener tiempos de crisis, de temores y ansiedades, y mucho menos que no podemos hablarlo con alguien más, prepara el camino para el agotamiento psíquico.
Pensar que los problemas de la mente de un hijo de Dios se resuelven de la misma forma que los problemas de la mente de personas que no tienen el Espíritu de Vida, puede ser un error. Esta creencia errada es la que lleva a muchos a terminar siendo esclavos de un sistema de salud que no reconoce a Dios como fuente de vida. El Padre ya nos dio, en el mismo momento que se presentaron las pruebas, la salida a través de las revelaciones de su Espíritu.
Esta obra contiene años de trabajo junto a pastores y cientos de horas de intimidad con el Padre y su Espíritu hablando sobre los asuntos de la salud mental y emocional en sus hijos. Usted tiene en sus manos un manual de sanidad exclusivamente escrito para hijos de Dios que han decidido entregar su vida al servicio ministerial. Oro para que sea de bendición para usted.
¡Que cumpla su propósito!

